Sí, me refiero a que tenía las manos apoyadas en el suelo
y los pies tocaban el techo.
Bueno no, no lo tocaban,
mi altura no me lo permite.
Pero bueno, el caso es que mientras la sangre bajaba por mi cabeza
y recorría mi cuerpo
me sentí más extraña que nunca.
Ha sido un duro despertar,
más tarde se pasará.
Lo cierto es que tengo miedo a todo,
me da miedo confiar
o enamorarme,
o incluso pensar que nada puede salir mal.
Pero no puedo evitar hacer todas esas cosas,
me he confiado más que nunca,
las cosas no me pueden ir mejor
y los latidos se oyen en Roma.
Quiero que el humo recorra cada uno de mis dedos,
que envuelva mis pensamientos,
que corroa mis entrañas.
Quiero acariciar y sentir.
Sé que nunca estoy donde debo estar,
que pocas veces hago las cosas bien.
Que lloro por cualquier tontería
y que mi cabeza siempre está llena de pájaros amarillos,
que revolotean sin parar.
Sé que tengo más caprichos
que una princesa con un vestido rosa,
pero ya no quiero tener más,
los caprichos de este año se han agotado.
He bebido hasta la última gota de diversión,
pero también todo el frasco de las lágrimas.
Ahora sólo queda la botella en la que pone:
vive el momento,
no pienses en el futuro.
Y eso es lo que haré,
me la beberé de un trago,
sin pensar en las consecuencias.
Pararé de tener miedo a que me hagan daño,
dormiré con la puerta abierta,
pero empezaré por dejarla entrecerrada,
apagaré la lucecita de noche,
y dejaré que me hagan sonreír.
Sí, es mi decisión.
El verano ha comenzado,
vamos a desgastarlo al máximo,
al igual que nuestras sábanas.

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