Hoy al levantarme me asomé a la ventana. Un manto blanco cubría las calles. Las luces, impregnadas del olor de los churros con chocolate, brillaban en la oscuridad del amanecer. Gente silenciosa paseaba, o mejor dicho, avanzaba muy rápido, con la cabeza gacha y la nariz roja. El sol relucía a lo lejos, amenazando con acercarse.
Una farola que con el rocío de la mañana, comenzaba a oxidarse. Un perro que contribuía, aprovechando el primer paseo del día.
Un semáforo que contento al despertarse, cantaba alegre, informando a las personas que era su turno para pasar.
Esa mañana era como las demás, pensaba yo, apoyada en el alféizar. Todos los días nevaba, amanecía, y más tarde volvía a oscurecer. No tenía nada pensado para pasar las horas, y no me importaba la llegada de Papá Noel. Hacía ya tiempo que crecí, y el último reno de esa última Navidad se había llevado mi ilusión.
Entré en casa a coger mi desayuno, pero en la mesa no había nada. Abrí el frigorífico, la despensa, y todos los cajones de la cocina. ¿Quién se había comido toda la comida?
Fui a preguntar, pero no encontré a nadie en ninguna habitación. Quizás habían salido a comprar, que falta hacía.
Me senté a esperar. Bueno, más bien, me acosté en el sofá y me cubrí de mantas, resguardándome de la realidad.
Cuando volví a despertar, todavía no había llegado nadie. Levanté el teléfono, y cuál sería mi sorpresa, al ver que no podía llamar. Dulces voces de enanitos me cantaban villancicos, sin permitirme marcar ningún botón.
Me vestí de rojo, como aquella época pedía, y salí a investigar. Vivo en una pequeña ciudad, y no andarían muy lejos.
Volví un par de horas más tarde, sin nada en las manos, y sin noticias de nadie. Tan sólo con los pies mojados, y los zapatos llenos de nieve.
Qué Navidad más rara- pensé.
Entonces fue cuando escuché el ruído que venía de la habitación de mis padres. Corrí hacia allí con la esperanza de que ya hubieran llegado.
Mi reacción fue rápida. Desde la uña del dedo gordo del pie hasta el último pelo de mi cabeza se congelaron al instante. Gritar habría sido lo más adecuado, pero ya me dijo una vez una piedra que yo no iba a hacer las cosas como las demás personas.
Un reno estaba comiéndose la colcha de la cama, mientras me miraba con grandes ojos azules.
Le sonreí y me acerqué. Cuando estuve a dos metros de él le ordené seriamente que dejara de hacer eso, que iba a ser muy difícil arreglarla luego. Recordé que no había comida en mi casa, y comprendí entonces que se comiera la sábana. Al fin y al cabo, todo el mundo tiene hambre cuando se despierta.
-¿Dónde está Papá Noel? ¿Te ha dejado aquí solo?- Le dije mientras estiraba de su suculento desayuno.
No me sorprendí demasiado cuando no contestó.
Habrían pasado dos segundos cuando escuché otro ruído. Esta vez venía de mi habitación. Ahora sí que corrí. Al llegar grité con todas mis fuerzas.
Un gnomito brincó de la cama al oírme, y siguió saltando hasta llegar hasta mí y taparme la boca.
-Eh eh eh, que te estaba cogiendo tu dinero para comprarle algo de comida al cacho de carne este- dijo, intentando excusarse, al ver que le había pillado cogiendo mis billetes- En fin, ya nos vamos, Papá Noel nos espera.
-Hablando de esperar, quedaros aquí un momento y decirme dónde está mi desayuno y, sobre todo, en qué lugar habeís escondido a mis padres- y le retube del brazo.
-Ah, bueno, eso... pues verás, creo que ese va a ser tu regalo de Navidad este año. Es decir, la comida no, eso puedes comprarlo en el supermercado de enfrente. Es que mi amigo tenía hambre y ha saqueado tu cocina.
¡¿Qué?!- exclamé.
-Sí. Este año, cuando te observábamos a través de la ventana, como hacemos siempre, nos dimos cuenta de que no demuestras el amor que sientes hacia las personas que te rodean, especialmente tu familia. Por eso, hemos decidido dejarte un par de días sin ellos, para que cuando llegue el día de Navidad, los acojas con más amor. Y si no eres de las que dicen te quiero, por lo menos habla con ellos para que lo sepan. La familia es importante, y debes tenerlo siempre en cuenta- Diciendo esto, el pequeño enano dio un último salto, chasqueó los dedos, y desapareció, junto al reno come sábanas, por detrás del póster de mi habitación.
Era la mañana de Navidad. Me levanté, suponiendo que ese día mi familia estaría ahí, y corrí a buscarlos a sus habitaciones. Comencé a llorar dos segundos después, al ver que no estaban en ningún lado. Papá Noel no me quería regalar a mis padres.
Tal y como hacen las adolescentes cuando tienen un problema, fui a acurrucarme en algún lugar a llorar. Yo elegí el sofá. Fui al salón, y allí, bajo el árbol de Navidad, encontré dos enormes regalos con mi nombre.
Un atisbo de esperanza iluminó mis ojos, al tiempo que desenvolvía los paquetes. De cada uno de ellos aparecieron mis padres. Los abracé, con las últimas lágrimas que me quedaban en los ojos, y supe que ese año había recibido el mejor regalo de todos.
La vida está llena de palabras que quedan en el olvido, ya sea por miedo a decirlas, o por creer que no servirán de nada. Es como enviar una carta sin poner el nombre de la persona a la que va dirgida. Bien, pues este blog es un bahúl de recuerdos perdidos. Ahora sí, cada letra tendrá un futuro, cada sentimiento será expresado, y al fin, las cartas llegarán a su destino.
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