La vida está llena de palabras que quedan en el olvido, ya sea por miedo a decirlas, o por creer que no servirán de nada. Es como enviar una carta sin poner el nombre de la persona a la que va dirgida. Bien, pues este blog es un bahúl de recuerdos perdidos. Ahora sí, cada letra tendrá un futuro, cada sentimiento será expresado, y al fin, las cartas llegarán a su destino.


"Inventé mil maneras de perder la cabeza, es más sencillo así."

viernes, 20 de mayo de 2011

Crazy night.

Bebe, bébelo todo de un trago. Cogí la copa con ambas manos y la incliné hacia mis labios, mojándolos al principio lentamente, pero acelerando unos segundos después. Trajeron otra y otra, y muchas más. Reí, bailé, grité, jugué. Maté el tiempo con la excusa de que me había amenazado, diciéndome que algún día haría que salieran arrugas en mi piel. 
Giré sobre mí misma, cayendo delicadamente al suelo. Allí permanecí un tiempo, hasta que, desde algún altavoz de la sala, sonó mi canción. Más fuerte que nunca, retumbando en mis oídos y haciendo que me levantara rápidamente, me subiera a la barra y comenzara a bailar. 
La gente aplaudía a mi alrededor. Estaba mareada, la cabeza me daba vueltas, pero yo seguía moviendo mi cintura. 
Cuando acabó, bajé de nuevo al suelo, y noté como una mano me enganchaba del vestido, conduciéndome hasta el centro del bar. 
La poca luz que había cambiaba de color cada segundo, impidiendo que pudiese alcanzar a ver la cara de la persona que tenía delante. 
De repente, sentí como mi pareja de baile se iba acercando, hasta que finalmente sentí sus labios sobre los míos, y su barba rozando mis comisuras. Lo disfruté, sin pensar en lo que hacía, al fin y al cabo, soy joven, y el  remordimiento es algo que tres buenas cervezas curan rápidamente. 
A la mañana siguiente, desperté en una cama de sábanas finas, que tapaban mi desnudo cuerpo. Noté como las mejillas se me encendían rápidamente, para después sentir el temblor de mis piernas. Miré hacia el lado izquierdo de la cama y vi una perfecta espalda. Sus músculos se marcaban suavemente, y su piel morena resaltaba con el blanco de las sábanas. Me incliné un poco para poder verle la cara. Este movimiento causó su despertar. Me miró con una sonrisa que siempre recordaré. 
Me vestí sin decir palabra, le besé una última vez en los labios, acaricié su barba de cuatro días y salí por la puerta, dejando tras de mí uno de los mejores recuerdos de mi vida. 
Sin embargo, quedará en el olvido de la memoria, como algo que, con los años y la acumulación de cervezas, terminaré creyéndolo parte de mi atolondrada imaginación.






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